Cuento de Raymond Carver en homenaje a Chejov: Tres rosas amarillas

Chejov. La noche del 22 de marzo de 1897, en Moscú, salió a cenar con su amigo y confidente Alexei Suvorin. Suvorin, editor y magnate de la prensa, era un reaccionario, un self-made man cuyo padre había sido soldado raso en Borodino. Al igual que Chejov, era nieto de un siervo. Tenían eso en común: sangre campesina en las venas. Pero tanto política como temperalmente se hallaban en las antípodas. Suvorin, sin embargo, era uno de los escasos íntimos de Chejov, y Chejov gustaba de su compañía.

Cuento breve recomendado: “La casa de Chef”, de Raymond Carver

No me resisto como final a dar un “aviso para navegantes” acorde con lo que ya hace tiempo manifestó Javier Marías. En nuestros días el minimalismo se ha convertido en una especie de panacea para muchos escritores que, creyendo que ya no es preciso tener imaginación para inventar una historia sugestiva ni saber concebir un personaje que pueda resultar atrayente incluso en su aparente mediocridad –es decir, los dos principales atributos de lo que es un buen cuento

Cuento de Raymond Carver: Vecinos

Bill y Arlene Miller eran una pareja feliz. Pero de vez en cuando se sentían que solamente ellos, en su círculo, habían sido pasados por alto, de alguna manera, dejando que Bill se ocupara de sus obligaciones de contador y Arlene ocupada con sus faenas de secretaria. Charlaban de eso a veces, principalmente en comparación con las vidas de sus vecinos Harriet y Jim Stone. Les parecía a los Miller que los Stone tenían una vida más completa y brillante.

Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia: “Bolsas”, de Raymond Carver

Valiéndose de un encuentro entre un padre y un hijo, Carver va más allá y muestra unos personajes de vidas corrientes, pero distantes y sin el menor aprecio o cariño entre ellos. El padre, solitario, busca la atención del hijo siempre insensible y lejano.

Desde el comienzo hasta el final, me he sentido atrapada por una prosa concentrada, reducida hasta el límite, de diálogos cortos y sin adornos retóricos. Carver continuamente provoca al lector, sugiere y crea tensión. Me gusta cómo muestra, de forma simultánea, momentos distintos en tiempo y espacio: diálogo entre los dos, lo que cuenta el padre, los pensamientos del hijo o lo que sucede alrededor.

El realismo pesimista de Raymond Carver

Para hablar sobre su concepto de la vida, lo mejor es reproducir la opinión de su propio autor rescatando unas líneas de su ensayo On writing: “Es posible, en un poema o en una historia corta, escribir sobre objetos vulgares utilizando un lenguaje coloquial, y dotar a esos objetos (una silla, unas persianas, un tenedor, una piedra, un anillo) con un inmenso, incluso asombroso, poder. Es posible escribir una línea de un aparentemente inofensivo diálogo, y transmitir un escalofrío a lo largo de la columna vertebral del lector (el origen del placer artístico, como diría Nabokov). Ésa es la clase de la literatura que me interesa”.

Entrevista a Lamar Herrin, autor de ‘La casa de los sordos‘

Usted afronta en La casa de los sordos el problema del terrorismo de ETA desde el punto de vista de un extranjero, un hombre aparentemente tranquilo que ha sufrido los daños colaterales –y de qué modo– de un atentado. Durante muchísimo tiempo ETA ha copado los titulares de prensa en España –en ciertas etapas, tristemente un día sí y otro también– y ha sido abordada en numerosos ensayos. Sin embargo, ha habido cierto recelo a escribir sobre ETA desde el lado de la ficción. Usted es norteamericano. ¿Ese distanciamiento de los hechos puede ser una ventaja a la hora de escribir sobre un asunto que divide a la sociedad vasca y que indigna el resto del país?

Cuento de Jack London: Descrédito

Una vez en el bosque, Subienkow no perdió el tiempo. Para reunir los ingredientes de su medicina, eligió lo primero que le vino a mano: agujas de abeto, un trozo de corteza interior de un sauce, una tira de corteza de abedul y una buena cantidad de bayas, que hizo extraer a los cazadores de debajo de la nieve. Completó su fórmula con algunas raíces heladas y emprendió el camino de regreso al campamento.

Makamuk y Yakaga, en cuclillas a su lado, observaban las cantidades y las clases de ingredientes que echaba en un reci­piente lleno de agua hirviendo.